El Salvador, Latinoamérica, Noticias — 26/03/2014 a 8:53 am

34 aniversario del asesinato del arzobispo Romero

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Monseñor Romero y la verdad que humaniza

Carlos Ayala Ramírez, director de Radio YSUCA

En el libro Piezas para un retrato, de María López Vigil, encontramos un conjunto de anécdotas en torno a monseñor Romero que, como su autora reconoce, conforman una especie de retrato en el que se plasma, en buena medida, el modo de ser del obispo mártir. Uno de los relatos, vinculado al tema de la verdad, recuerda lo siguiente:

No daba ninguna noticia en sus homilías que no supiera de cierto, que no tuviera bien comprobada. Era de esos que quieren pruebas fidedignas. Siempre andaba buscando datos precisos antes de salir con cualquier denuncia o con cualquier información. Pero monseñor Romero medía estos asuntos con dos varas: llegaba un cura, un seminarista, una monja, un alguien con rango de Iglesia a contarle:
—Mire, monseñor, en Aguilares capturaron a cinco personas de una misma familia y están desaparecidos y creemos que los llevaron a…
—¿Lo sabés directamente? —inquiría él—. ¿Vos lo viste? ¿Vos estabas allí? —Y si decía que no, que fulano o zutano se lo habían contado…
—Mejor pasá toda la información que tengás a Socorro Jurídico para que ellos vayan y la confirmen.
Pero si cualquier viejita llegaba donde él llorando…
—Monseñor, me mataron a mi hija, mire, llegaron a medianoche y me la dejaron macheteada en el monte, la acusaban de comunista…
Inmediatamente él tomaba el nombre, el lugar, los datos y denunciaba el caso. El llanto de la señora le bastaba y le sobraba como prueba fidedigna. No se iba con chambres, pero al ver llorando a la gente, no dudaba y con la gente iba. (Juan Bosco Palacios.)

Este relato, sin duda, refleja el afán de verdad que caracterizó a monseñor Romero. El anhelo vehemente de verdad lo entendió como un servicio a la realidad del país y, especialmente, a la realidad de las mayorías pobres, cuya situación era ocultada, manipulada o simplemente desoída. Con espíritu profético, criticó clara y valientemente la prostitución de la justicia, el atropello a la dignidad humana, la impunidad de tantos horrorosos crímenes, el silencio cómplice ante muchas violaciones de la Constitución por fomentar intereses de partido, las maniobras con la que muchos empresarios reprimían los derechos de los obreros, la sustracción o malversación de fondos públicos, y la compraventa infame de la dignidad humana.

En este sentido, Jon Sobrino afirma que monseñor Romero acompañó su lucha por la justicia con la proclamación de la verdad, y que en El Salvador nadie ha hablado tanto y tan claro como él sobre la verdad. Explica, además, que como Jesús en su tiempo, pudo decir, poco antes de su martirio, que en más de dos años de predicación nadie pudo acusarlo de mentiroso. Ese amor a la verdad, enfatiza Sobrino, tuvo un influjo profundamente humanizador en el país, expresado en las siguientes formas: devolvió el valor a la palabra, tan silenciada, tergiversada y manipulada en aquel tiempo; hizo de la palabra lo que debe ser: expresión de la realidad; sus homilías eran muy escuchadas porque en ellas la realidad del país tomaba centralidad; los dolores y esperanzas cotidianos del pueblo se constituyeron en prioridades de su predicación. Todo esto sin olvidar una actitud fundamental ya mencionada: monseñor Romero escuchó, creyó y defendió la verdad de las víctimas. En consecuencia, su legado deja un camino que indica que la palabra, el diálogo y el discurso tienen que estar al servicio de la realidad y debe dar paso a la libertad de la verdad oprimida.

En suma, en medio de una sociedad injusta, donde se silenciaba la voz de los sufrientes, monseñor Romero comunicó verdad desde la compasión de Dios por los últimos. Por eso, su vida se convirtió en conciencia crítica de las injusticias y en un llamado a la conversión personal y social. Así lo expresó: “Estas homilías quieren ser la voz de este pueblo, quieren ser la voz de los que no tienen voz. Y por eso, sin duda, caen mal a aquellos que tienen demasiada voz. Esta pobre voz, que encontrará eco en aquellos que amen la verdad y amen de verdad a nuestro querido pueblo” (homilía del 29 de julio de 1979)

Esas palabras conectan directamente con algunas de las actitudes primordiales de Jesús de Nazaret. Se dice que los pobres, en sus tribulaciones, acudían a Jesús, y al pedirle solución a sus problemas lo hacían con lo que, al parecer, era siempre el gran argumento para convencerlo: “Señor, ten misericordia de mí”. Esos pobres y sencillos, secularmente oprimidos y marginados, encontraron en Jesús a alguien que los ama y los defiende, y que trata de salvarlos simplemente porque lo necesitan. En este modo de ser, monseñor Romero fue un seguidor ejemplar de Jesús, asumiendo riesgos similares, hasta las últimas consecuencias, hasta dar la vida.

Él sabía que la búsqueda y el anuncio de la verdad frente a lo que la ocultaba implicaban grandes peligros. Y lo explicó de forma directa y clara con estas palabras: “Siempre que se predica la verdad contra las injusticias, contra los abusos, contra los atropellos, la verdad tiene que doler. Ya les dije un día la comparación sencilla del campesino. Me dijo: ‘Monseñor, cuando uno mete la mano en una olla de agua con sal, si la mano está sana, no le sucede nada; pero si tiene una heridita, ¡ay!, ahí duele’. La Iglesia es la sal del mundo, y naturalmente donde hay heridas tiene que arder esa sal”.

Terminamos con un recuerdo. En 2010, la ONU proclamó el 24 de marzo como Día Internacional del Derecho a la Verdad sobre las Violaciones de los Derechos Humanos y la Dignidad de las Víctimas. Uno de los argumentos principales de tal proclamación lo representa el reconocimiento a la importante y valiosa labor de monseñor Romero, quien, según la ONU, se consagró activamente a la promoción y protección de los derechos humanos de las poblaciones más vulnerables. En la proclama se invita a todos los Estados miembros, así como a las entidades de la sociedad civil, a observar de manera apropiada esta celebración del 24 de marzo. En lo que respecta al reconocimiento del legado de monseñor Romero, creemos que lo “apropiado” no debe limitarse a actos conmemorativos y simbólicos, sino, sobre todo, a la puesta en práctica, de cara a los desafíos del presente, de sus opciones fundamentales; esto es, su opción por la verdad, por la justicia y por la cercanía con el pueblo sufriente.