38 Aniversario de la caída en combate de Gaspar García Laviana


 Se cumplen 36 años de no tener a nuestro lado su presencia física. ¿Habrá alguna otra forma de tenerlo cerca, de oír su palabra animosa, de sentir su empuje, de vernos arrastrados por su ejemplo? ¿Podremos aplicar a Gaspar, aquellas palabras del Comandante Tomás Borge refiriéndose a Carlos Fonseca Amador, Gaspar "es de los muertos que nunca mueren"? ¿Será verdad que el espíritu no muere nunca? ¿Cómo podremos sentir vivos sus anhelos, su brío, sus aspiraciones, su palabra viva, sus esperanzas e ideales?
Por José Álvarez Lobo, compañero de Gaspar en Nicaragua. 11/12/2014


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Chepe Álvarez Lobo

Acordarnos de Gaspar puede ser una manera de hacer que continúe resonando su voz muy cerca de nosotros, buscando convertirse en vida en la historia que nos toca vivir.

Conocí personalmente a Gaspar. Soy testigo de sus sueños, de sus luchas, de sus crisis, de sus compromisos, de su entrega a las causas que ameritan y exigen dedicación plena… Tuve y sigo teniendo la suerte de compartir los ideales para los que vivió y por los que se desvivió…

Unos días antes de su muerte, el día de santa Bárbara, estuvimos largo rato juntos hablando de su visión de la Asturias que había visitado poco tiempo antes, y sobre todo de sus proyectos de futuro para el día, que veía muy cercano, en que triunfase el proyecto e ideales por los que estaba arriesgándolo todo por los pobres de Nicaragua y del mundo.

Había nacido un 9 de noviembre de 1941, de forma que estos días habría cumplido los 73… Al morir por la liberación de los pobres de Nicaragua acababa de cumplir los 37 años… Su recuerdo perdura, y su espíritu continúa animando a muchos. Y a nosotros nos ilumina y alienta.

Hoy quiero contribuir, aunque sea un poco, a que entre unos cuantos de sus paisanos resuene el eco de sus sentimientos y compromiso.

Son dos las maneras de ver lo que acontece, y los resultados que de su reflejo se plasman en el entorno. La más frecuente, y en consonancia con el tipo de sociedad en que se vive, es la que lleva a aceptar el protagonismo de algunas personas a las que se piensa dotadas de unas capacidades especiales, con las que producen cambios e influyen en los demás.

Es lo que algunos llaman visión idealista. Se piensa que son las ideas las que producen y transforman a las personas, las que las hacen grandes, líderes que abren caminos y arrastran a otros por ellos; y las que mueven la sociedad hasta alcanzar altas cotas. Y esas ideas se adquirirían en la educación recibida, en libros, reflexiones, ejemplos, creencias, y hasta por inspiraciones de lo alto…

En contraposición está la conocida como lectura materialista de la historia: según ella, es la realidad la que crea la conciencia, la que impregna y mueve a quienes se contactan con ella e induce a la búsqueda de caminos para influir sobre la misma realidad, hasta transformarla…

Según esta manera de ver, es la realidad la que se adentra en la mente y el corazón de las personas, produciendo en ellas transformaciones, actuando como motor de cambios.

En el caso de Gaspar pude escuchar sobre todo visiones de su paso por Tola y San Juan del Sur en consonancia con la visión idealista. Según su parecer su compromiso de lucha en Nicaragua se debería a lo aprendido en España, entre los curas o grupos más conscientes con que había tratado…

Así que la forma de ser, de pensar, de actuar de Gaspar, tendría que ver sobre todo con su educación anterior, con la manera de estar en el mundo aprendida en su España, en su congregación religiosa, en la teología y religión bebidas desde niño al lado de grupos cristianos con los que se había relacionado, y hasta con olvido y menosprecio de las experiencias tenidas en la infancia vivida entre mineros empobrecidos y explotados…

Soy testigo de que las cosas no fueron así…

Gaspar, (al igual que muchos otros, sacerdotes y no sacerdotes), llegó de España imbuido de fantasías y sentimientos de superioridad, con recetas originadas en la forma de vivir el ser cristiano que se estilaba en el ambiente donde creció, y sobre todo, bajo la influencia de las ideas y prácticas en que se había empapado durante el largo período de lo que se llama ’etapa de formación’.

Esas ideas y prácticas tuvieron que ir cediendo empujadas por la realidad que fue abriéndose paso en el corazón y la mente del que la fue conociendo de cerca.

Muy bien se refleja esto en aquellos sus versos:

gaspar_garcia_laviana_01“Sentí en mi carne tu pobreza como un látigo de fuego.

Quise apagar tu pobreza con justicia legalista;

Al no poder, me convertí en guerrillero.

Campesino, abrasaste mis entrañas

Como lava derretida en el seno de la tierra.

Quiero consumir el mundo

Con los versos encendidos que me inspira tu pobreza”.

Son unos versos que sintetizan transformaciones necesarias y profundas en el quehacer, en el pensar y en el ser del que se acerca a los pobres y a su mundo.

El asistencialismo paternalista con que había tratado de mitigar inicialmente los problemas urgentes de los empobrecidos con que se encontró no cambiaba la realidad.

El asistencialismo era la consecuencia lógica del tipo de “formación” a la que se le había sometido en su España y en su Europa de origen. Esa ’formación’ tenía su reflejo y apoyo en la religiosidad que le habían inyectado hasta su llegada a Nicaragua…

Las actitudes asistencialistas se traducen en el campo de lo religioso en la invitación a la resignación, a la paciencia, a aceptar que es voluntad de Dios que muchos no tengan posibilidades para subsistir, mientras a unos pocos ese mismo Dios les entrega los bienes para que, movidos de entrañas de compasión, repartan algunas limosnas y se llenen de merecimientos que ese Dios va a premiar con más riquezas y con el cielo…

No es de extrañar que el encontrarse con esa divinidad lleve a algunos a rebelarse y a blasfemar de ella.

Desde luego que bien pensadas las cosas lo que es una verdadera blasfemia es presentar al Dios Bueno y Justo como protagonista en la existencia de desigualdades insultantes entre sus hijos los hombres…

De todas maneras, la mentalidad del que acepta el asistencialismo como expresión del amor a Dios y a los hombres es, para el que se deja impulsar por ella, fuente de consuelo inacabable…

Pero, si no se cansa en el camino y persiste, se encontrará con verdades inesperadas.

Unos años necesitó Gaspar para descubrir que el asistencialismo no solamente no resuelve los problemas de la pobreza, sino que sirve para encubrir las causas de la misma y que desvía la atención y los esfuerzos de los que aspiran a remediar los efectos de la injusticia como son la miseria, el hambre y el dolor de las mayorías:

Por eso reconoce: “¡Quise apagar tu pobreza con justicia legalista!”…

¿Se puede apagar la pobreza con lo que la sociedad que tenemos y sus leyes proponen?

¿Quién hace las leyes en una sociedad injusta, capitalista?

¿Aseguran la justicia para los pobres las leyes de esa clase de sociedad?

¿No serán esas leyes un freno para la verdadera justicia?…

No se encuentra respuesta pronta a esas preguntas.

Y hasta el mismo hecho de hacerse esas preguntas y otras quizás más urgentes es parte de un proceso.

¿Por qué hay pobres?

¿Son pobres o empobrecidos?

¿Qué o quiénes fabrican pobres?

¿Por qué y para qué lo hacen?

¿No hay remedio para impedir la realidad injusta?

En su tesis sobre Feuerbach, Marx afirma que “la realidad se conoce cuando se la trata de transformar”.

Sin duda esa afirmación da por supuesto que hay formas de acercarse a la realidad sin voluntad de transformarla.

En efecto, se la puede conocer como piensa que la conoce el ’turista’ curioso que no se siente afectado por ella; o con la mirada del que siente tristeza ante lo que percibe como malo, pero no se sabe invitado a modificarla con su acción ni se deja mover más que a una compasión estéril, a la limosna…

gaspar_garcia_laviana_10Esos comportamientos pueden tener también su reflejo en actitudes religiosas o cívicas propias. Lo más que pueden hacer es que las personas suspiren e imploren para que una divinidad o una autoridad se comprometa a modificar las cosas.

No hay nada que pueda coadyuvar a modificar la posición que adoptamos ante un problema como el contacto directo con él, dándole la oportunidad a ese problema para que nos afecte intensa y profundamente.

Por eso hay que darle a la realidad del campo nicaragüense el protagonismo en la tarea de conseguir que Gaspar se comprometiera en el empeño de cambiar la suerte de los pobres de Tola, de San Juan del Sur y de Cárdenas, y posteriormente de la Nicaragua entera.

Pero el que la realidad incida definitivamente en las personas requiere y lleva consigo el enfrentamiento y superación de diversas fuerzas que sustentan comportamientos anteriores y opuestos a lo nuevo.

Maneras de ver el mundo, convicciones y seguridades que se tenían, prioridades en el quehacer, grupos de acción, mensajes a transmitir, ruptura de compromisos anteriores, enfrentamiento a maneras de pensar, de creer y de actuar reacias a los cambios, formas nuevas de estar en las parroquias, búsqueda de quienes compartan ideales y proyectos…: es lo nuevo que se va abriendo paso.

En el mundo católico lo nuevo del Vaticano II y de Medellín apoyaba y exigía cambios, comportamientos y compromisos nuevos…

Cambios, comportamiento y compromisos reclamados desde lo nuevo que había aparecido en el mundo y que presentaba exigencias sobre todo en América Latina…

Y novedad importante era el papel que se reconocía y recordaba a los laicos “marcado por las circunstancias peculiares de su momento histórico presente, por un signo de liberación, de humanización y desarrollo… A los seglares corresponde con su libre albedrío, sin esperar consignas y directrices, penetrar de espíritu cristiano la mentalidad y las costumbres, las leyes y las estructuras” (Medellín 10,9)…

Formar, animar y acompañar a los laicos en la tarea de transformar las estructuras sociales debía ser preocupación del quehacer de los sacerdotes…

Y la pregunta que se hacían algunos tenía que ver con la cercanía, extensión y contenido del acompañamiento que los sacerdotes debían prestar a los laicos, a los que hasta entonces no se les había reconocido ninguna responsabilidad propia en la Iglesia, y a los que ahora se asignaba la tarea y el desafío de transformar las estructuras económicas, políticas y sociales, construyéndolas en el espíritu del Evangelio…

Pero no sería correcto que atribuyéramos el protagonismo de lo que sucedió en Nicaragua a lo que se movía al interior del grupo de los cristianos. Era evidente que los objetivamente interesados, o, mejor dicho, los necesitados de cambios, eran los empobrecidos del campo y de la ciudad.

Les faltaba creer en que era posible lograr esos cambios, aunque no hubiera otro camino que el de la conquista de los mismos.

Eran la mayoría. Pero les faltaba fe. Fe en que eso era posible; fe en si mismos. Era necesario acercarse a ellos, buscando la forma de insuflarles ánimo…

Y había algunas personas que tenían esa fe; no eran muchas y no podían profesar en público la fe que tenían porque eran perseguidos. Pero sí encontraron fórmulas para expandir su fe. Y lo hacían en plan hormiguita, casi sin hacerse notar (era peligroso para las personas y para la obra que pretendían llevar a cabo).

Bullían en la Universidad, y se acercaban a los jóvenes en los centros de educación y a los pobres en sus viviendas.

Y hasta, con cautela, se acercaban a las Iglesias en el interior de las cuales se abrían espacios propicios: el Vaticano II, y sobre todo Medellín invitaban a los cambios. No era tarea fácil, pero era necesaria… Se había abierto la Iglesia a los pobres y a su realidad… Hubo agentes de pastoral que se acercaron a los campesinos y trabajadores, y la urgencia de hacer que hubiera cambios fue adentrándose en los grupos de creyentes.

Para éstos no era fácil liberarse del peso de ’lo que siempre fue así’. La religión había sido durante siglos utilizada para sacralizar y mantener la estructura social, económica y política vigente. Se había llegado a identificar la estructura de la sociedad vigente con la ’voluntad de Dios’. El que pretendiese desmontarla era malo, orgulloso, peligroso…

Es curioso tener que aceptar que, desde fuera -o al menos al margen- del grupo de los creyentes llegaran los profetas que denunciaron como falsa esa divinidad que prohibía la construcción de una sociedad en que se reconocieran los derechos de los campesinos y empobrecidos.

(¿No estuvieron siempre las autoridades religiosas en contra de los profetas? ¡Y eso antes y ahora! ¿No cabría preguntarse quién está de parte del Dios del amor y la justicia, el profeta o el que está de parte del status quo?)…

La cosa es que al lado de algunos sacerdotes y grupos cristianos aparecieron algunos jóvenes que buscaban ser como levadura en medio de la masa.

Más de una vez (en algún aparte de las reuniones que teníamos unos pocos sacerdotes y seglares para reflexionar sobre el trabajo que hacíamos y debíamos impulsar en el campo), nos poníamos de acuerdo sobre lo que debíamos hacer con relación a la colaboración con esos jóvenes que se acercaban a nuestros grupos…

Y siempre concluíamos lo mismo: ’La unión hace la fuerza’, o repitiendo aquel texto de san Lucas 9,49-50: “Juan tomó la palabra y dijo: Maestro, hemos visto a uno que hacía uso de tu nombre para echar fuera a los demonios, y le dijimos que no lo hiciera, pues no te sigue junto a nosotros. Pero Jesús le dijo: No se lo impidáis, pues el que no está contra vosotros, está con vosotros”…

Me imagino que en su encuentro-diálogo con alguno de aquellos muchachos o muchachas que, semiclandestinos y con seudónimos, se acercaron a él, oiría más de una vez la invitación a un compromiso mayor, por encima de todos los miedos: “Padrecito, demuestre que el voto de castidad sirve para algo a los pobres: yo tengo mujer e hijos, si me apresan, ellos lo pasarán muy mal, en cambio usted está libre de esas ataduras y temores. ¿Qué le impide arriesgarse por cambiar la sociedad?”…

gaspar_garcia_laviana_03No era fácil… Yo conocí a más de un sacerdote al que invitaron a comprometerse más a fondo con la liberación del pueblo, pero rehusó pretextando (más bien confesando egoísmo) que era joven y quería vivir…

Y otros muchos, la mayoría, seguían con su religiosidad alienada y alienante, presentando a un salvador que no salva, que no libera.

Más de una vez se hizo referencia, en el entorno de los que eran invitados a un compromiso liberador serio, a las palabras del sacerdote colombiano Camilo Torres Restrepo: “Yo he dejado los privilegios y deberes del clero. Creo que me he entregado a la Revolución por amor al prójimo. He dejado de decir misa para realizar ese amor al prójimo en el terreno temporal, económico y social. Cuando mi prójimo no tenga nada contra mí, cuando haya realizado la Revolución, volveré a ofrecer misa si Dios me lo permite. Creo que así sigo el mandato de Cristo: ’Si traes tu ofrenda al altar y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda’ (Mateo 5,23-24). Después de la Revolución los cristianos tendremos la conciencia de que establecimos un sistema que está orientado por el amor al prójimo”…

Como se puede apreciar, la carta de Gaspar en que anuncia su paso a la guerrilla, parece estar inspirada en la que Camilo Torres había publicado.

En Nicaragua el paso a dejar de celebrar la misa y la predicación lo forzaban las autoridades religiosas y diocesanas, presionadas por la autoridad civil y por los ricos.

El orden en cuanto a la presión puede ser el inverso: los ricos se sienten cuestionados y que sus riquezas mal habidas peligran, tienen a su servicio las autoridades (civiles y militares), y ambas, de la mano, presionan a las autoridades diocesanas y religiosas; lo más fácil (y aconsejable para ellos) es eliminar a los que consideran un peligro para su status.

El que quiere cambiar el mundo injusto y desigual para construir el mundo fraterno que necesitan las víctimas revive la experiencia sufrida por el mismo Cristo: “Si el mundo os odia, sabed que antes me odió a mi. No sería lo mismo si vosotros fuerais del mundo, pues el mundo ama lo que es suyo. Pero vosotros no sois del mundo, sino que yo os elegí de en medio del mundo, y por eso el mundo os odia. Acordaos de lo que os dije: el servidor no es más que su patrón. Si a mi me han perseguido, también os perseguirán a vosotros. ¿Acaso acogieron mi enseñanza? ¿Cómo, pues, van a acoger la vuestra?” (Juan 15,18-20)…

gaspara-garcia-laviana-470x260Saber eso no aminora el dolor por las exclusiones o persecuciones, pero ayuda mucho el reconocer que se está siguiendo los pasos de Jesús. Eso sí: mientras uno está cargando la cruz, o clavado en ella, no tendrá la certeza de que Dios no lo haya abandonado (Marcos 15,34)… Tampoco es fácil saber si se trata de ’la noche oscura’ de los místicos.

Gaspar se sintió en la obligación de explicar a todos el por qué de su compromiso de lucha (no sé por qué me recuerdo de los interrogatorios que a Jesús hicieron las autoridades judías, Herodes y Pilatos).

Lo hizo en dos cartas; una dirigida al pueblo nicaragüense en general, y otra a los Obispos y sacerdotes.

El efecto sabemos cuál fue: ’las cosas son del color del color del cristal con que se mira’. ¡Lo mismo que sucede ahora! Son muchos y variados los colores de los cristales con los que se ven las cosas…

¿Son muchos los que ven lo que acontece, y lo hacen desde los intereses de los despreciados de la sociedad?

¿Cuántos son los que al mirar para los que sacrifican su vida por la construcción del mundo que reclaman los empobrecidos sueñan con parecerse a ellos?

¿Son muchos los que consideran normal que haya millones de seres humanos que no encuentran forma para vivir con dignidad?

¿Es paz lo que el mundo occidental llama paz?

¿Son violentos los que aceptan las guerras que tienen como motivo, oculto pero real, el apropiarse de las riquezas dondequiera que se encuentren?

Y los que se callan ante los sacrificios que se exigen a los pobres para beneficio de los pocos privilegiados que hay,

¿Serán cómplices del dolor de muchos? Los que se comportan así, ¿serán violentos?

¿Cuántos son los que mueren (hombres, mujeres y niños) a causa de las injusticias?

Recuerdo algunas preguntas que se hacían en tiempos anteriores a que Gaspar se hiciera oficialmente guerrillero pero no revolucionario, que ya lo era.

Las hacían sobre todo los que buscaban que los cristianos no se escudaran en el pacifismo para no comprometerse en la tarea de cambiar la sociedad.

¿Es violencia el provocar que mueran diariamente miles de personas debido a la miseria en que se les obliga a vivir?

¿Y el permitirlo nos hace cómplices y, por lo tanto, violentos?

¿Es violento el que denuncia como injusto e inmoral al que muchos llaman ’orden mundial’? ¿Y el que se calla porque saca ventajas de ese ’orden mundial’?

¿Qué pensar del que se conforma con elevar plegarias al Altísimo pidiendo que se digne intervenir para que no haya injusticias, ni guerras, ni hambre en el mundo?

¿Qué pensar de la religiosidad del que se consuela haciendo eso, rezando y nada más?

El que obra así, ¿será culpable, por omisión, de que haya pobres? ¿Cómo es el Dios en que cree? ¿Es que Dios no puso el mundo en nuestras manos?

Algunos (así veía las cosas Monseñor Helder Cámara, obispo brasileño) hablaban de tres clases de violencia:

La institucional, que es la injusticia, a la que considera la ’madre de todas las violencias’ y es la fuerza múltiple (estructura socioeconómica, normas, leyes, costumbres, educación, propaganda…) que lleva a que la gente acepte una realidad que le perjudica;

La revolucionaria o insurreccional, generada por la anterior, la de los que se resisten a lo que les perjudica a ellos y a millones, a lo que es injusto, y que les es impuesto;

Y la violencia represiva, que siempre está al servicio de la primera: policía, instituciones de lo que llaman orden…

Pero casi siempre que se habla de violencia es por referencia a la segunda, la revolucionaria, y es lógico que así sea porque la violencia primera impone hasta los criterios morales para catalogar las cosas…

A la luz de esta diferenciación es como habrá que juzgar sobre la violencia del que trata de enfrentar una realidad en que las mayorías son perjudicadas y busca construir un orden justo…

Teniendo en consideración esta distinción se debe juzgar el compromiso revolucionario.

Muchas veces se razonaba en los días en que Gaspar se volvió guerrillero: si me agreden a mi personalmente, puedo acceder ’a poner la otra mejilla’; pero si el agredido es el otro (un niño, un enfermo, una anciana…) estoy obligado a amar al agredido, a ponerme de su parte, y a hacer frente a quien lo agrede para que no lo dañe.

gaspar¿O es que mi deber cristiano consiste en pedirle a Dios que intervenga para que no hagan daño al que está siendo víctima de una agresión?

¿Y si descubro que Dios me puso a mí en el mundo para impedir la agresión?… Evidentemente este análisis es aplicable a la hora de juzgar el compromiso revolucionario del P. Gaspar.

Y al que entrega su vida para enfrentar la injusticia, la violencia institucionalizada, y para lograr que no haya niños o ancianos que mueran por desnutrición o por falta de medicinas o alimento para poder vivir, ¿podremos llamarlo amante de la violencia?

¿No serán violentos más bien los que esperan pasivamente, apoyándose en plegarias, que Dios intervenga y arregle lo que los hombres y sus creaciones desarreglan, como si ese Dios no hubiera puesto el mundo en nuestras manos?

Seguro que serían violentos por dejar el campo abierto a la voluntad de los que obligan a las mayorías a aceptar una realidad que les causa daño.

Sólo nos queda preguntarnos cómo juzgaría Gaspar nuestra pasividad ante lo que pasó y sigue pasando.

¿No tendrá él nada que reprocharnos por lo que acontece en Asturias, por el desmantelamiento de todo, por los desempleados, por los forzados a emigrar, por los engaños al pueblo asturiano, por la frustración de muchos, por tantas y tantas cosas que están urgiendo nuestra participación activa?

Gaspar, que se resistió a aceptar lo que está mal, nos invita a luchar contra el pesimismo, contra la falta de fe en que es posible una realidad asturiana distinta.

Y a luchar contra lo que trae muerte al pueblo, a las Cuencas, a Asturias: sus Cuencas, su Asturias.