A ver quién desaparece primero. Ojarasca 239 marzo 2017


Se volvió imposible sacarlos de la agenda política nacional, y “delicado” combatirlos desde el discurso. Los pueblos originarios y sus asuntos incumben hoy tanto a México que sin su presencia activa todo esto ya se habría evaporado en un paisaje de maquiladoras, desiertos, urbanizaciones blindadas y hacinamientos de cualquier clase, sin orden ni identidades.

Los temas “políticamente correctos” que tanto odia los nuevos conservadores atraviesan por ellos: derechos humanos, de la mujer, al consentimiento (o negativa) previo, libre e informado, la protección ambiental, la tierra, el territorio. Por alguna razón, al hablar de sus pueblos se habla de La Tierra. Más allá del choro New Age, existe una experiencia campesina viable y viva. Ocurre a lo largo de América, incluso donde más los niegan como Honduras, Argentina, Brasil o Paraguay.

Los indios han ganado aquí muchas batallas últimamente. Demostraron que somos un país multicultural y plurilingüe, y que ellos merecen formas propias de representación y gobierno; todo lo cual el Estado se niega a reconocer. No hay tema importante que no marquen los indígenas con su mera existencia: educación, recursos naturales, propiedad del suelo, alimentación y producción de alimentos, salud, turismo, seguridad, elecciones, narcotráfico (y violencia), minería, migración (y remesas), artes visuales, literatura, gastronomía, mascadas y vestidos de moda, pretexto para bailes de caridad y cruzadas contra el hambre.

Y ni así se les reconoce plenamente. Estos pueblos ponen a prueba a la sociedad mexicana moderna en cuestiones de intolerancia, racismo, machismo, discriminación, apego a la verdad histórica: incómodos temas.

Resultaron más que una piedra en el zapato de los nuevos poderosos desde que éstos invadieron las instituciones a la sombra del propio PRI con un proyecto neocolonial Made in USA. Asaltaron el poder antes de las elecciones de 1988, y luego nuevamente al perderlas, dando un golpe seco a la Nación que desembocó en la destrucción del artículo 27 constitucional, al mismo tiempo que les organizaban a los indios su fiesta de cumpleaños en 1992. Aquellos gobernantes, papases de los actuales, sabían que la indiada daría problema, por eso tanta Solidaridad y tanto chequesote para cooperativas, organizaciones y ejidos. Aún así, no previeron los efectos del 92, mucho menos el 94, y de ahí pa’l real.

Hoy, en un país que puede estar valiendo gorro en más de un sentido, no pocos pueblos indígenas han construido (y nadie más lo está haciendo) autonomías reales, mecanismos legítimos y eficaces de justicia y protección ciudadana, usos de la la tierra, comercialización agrícola, protección de bosques, ríos, lagos, sitios tradicionales e históricos (sagrados, dicen ellos), defensa y promoción de sus lenguas. Millones de mexicanos hablan otra lengua, en la cual nacieron y desde ella piensan y sueñan. El Estado mexicano lleva condenándolos a la extinción desde su origen, una vez ganada la Independencia. Salvo treguas relativas tras la Reforma y la Revolución, dicho Estado ha emprendido una continua mezcla de guerras, contenciones, manipulaciones, despojos y engaños a largo plazo (tal es el verdadero sentido de los “políticos”) contra estos pueblos, en la previsión de que sus “razas”, lenguas y costumbres desaparecerán pronto.

Comparado con los últimos 200 años, el periodo colonial fue pacífico, hubo cierto dejar hacer pese a la cristianización forzada; el poder coexistió con los pueblos y les puso ropas bordadas. El fracaso histórico del Estado genocida data de la primera mitad del siglo XIX. Llegados al XXI, los pueblos indígenas y sus huellas están por todos lados.

A ver quién desaparece primero.