África, Noticias — 09/02/2011 a 9:54 am

Egipto ante los retos de una verdadera transformación

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Marco Bistacchia/ Miembro del COSAL Uviéu.

Las imponentes revueltas que estos días atraviesan el Egipto de Mubarak, arrojan ya un par de resultados, basados más en un plano simbólico que sustancial. El primero se refiere a la potente sacudida a la “democratura” egipcia; el sistema de poder construido en treinta años por el faraón Mubarak, estancado y en crisis desde hace tiempo, parece ya comprometido de forma irreversible. Los egipcios que han salido a la calle lo saben y persistirán en la lucha, desafiando la sangrienta represión, hasta que Mubarak siga el ejemplo de su homólogo tunecino Ben Ali.

Lo ocurrido en los últimos cuatro días, desde el cambio ministerial al envío de grupos paramilitares a las calles, son sólo los últimos coletazos de un dictador hasta ayer mimado por Occidente por su fiabilidad y que hoy, más aislado que nunca, acusa, de ingratitud al histórico aliado americano. Pero, suceda lo que suceda, todos saben, y por ello se preparan, que se dirigen inevitablemente hacia una transición de poderes. Transición que deberá conciliar, al menos inicialmente, el principio imperialista del mantenimiento de la estabilidad regional con la subsunción en el futuro establishment de diversos sectores de la oposición.

El segundo resultado atañe, en cambio, a la discontinuidad respecto a la política de auto-aislamiento del mundo árabe inaugurada por el presidente Sadat. Egipto recibe en estos días el testigo de Túnez y con su ejemplo de dignidad se encarga de contagiar desde abajo a los países limítrofes. La tan ansiada reunificación política de Oriente Medio, fracasados los proyectos panarabista y bahatista, podría ser conseguida de facto, por lo menos a nivel de conexión solidaria entre las masas árabes, gracias a esta ola de protestas.

 

 

La presión de las potencias occidentales
Estados Unidos, Israel, pero también Europa, con sus estrechos vínculos comerciales con el país y conscientes del rol central jugado por Egipto en la geopolítica del Oriente Medio, una vez descartado el dictador, se apresuran a buscar o si fuese necesario, a fabricar, improbables líderes de lucha y de gobierno. Lamentablemente para ellos, parece que necesitarán más tiempo del previsto, dado que por ahora ninguno de los posibles candidatos indicados por la Comunidad Internacional para suceder a Mubarak parece capaz de calentar la plaza. Pero si el faraón está a punto de caer bajo el progresivo ascenso de la rabia popular, la pirámide social en cuyo último escalón se encuentra la mayor parte de la población, parece permanecer, en cambio, a resguardo de los vientos de revuelta que soplan en el país.

Difícilmente el j´accuse a Mubarak y a su sistema de poder, se traducirá políticamente a corto plazo en una crítica radical a la Colonia Egipto, a su burguesía harapienta y, en general, a las causas estructurales de la miseria generalizada. Esto salta a la vista incluso del observador más distraído y como confirmación de ello se puede recordar que en ningún momento la rabia popular se ha dirigido contra los centros de poder internacional, sea éste financiero o militar. Bancas o sedes de multinacionales, latifundios y pequeños o grandes feudos de los oligarcas, se han salvado de ataques, y por el momento parece que estén a refugio de los vientos borrascosos .

Por otro lado es más que sabido que el malestar social por sí solo no basta para transformar las revueltas en revoluciones. Con esta revuelta, amplios sectores de la sociedad egipcia, tras años de inmovilismo, han salido a la luz, han vuelto a las calles y han retomado el debate político. Esto, quien vive en El Cairo, lo ha percibido saliendo a la calle y observando el deseo de hablar de un pueblo silenciado durante demasiado tiempo. En los últimos días el metro, que se encarga de transportar cotidianamente en El Cairo a millones de trabajadores (los ricos van en taxi), se ha convertido en una tribuna política en movimiento. No sucedía desde hace años. Es cierto, entonces, que se entrevé en el horizonte un nuevo protagonismo popular.

Dicho esto, el movimiento de protesta parece aún muy inmaduro políticamente, carente de estrategia, confuso en las reivindicaciones y permeable a recuperadores de cualquier calaña. Conmovedoras por su ingenuidad son, a propósito de esto, las manifestaciones de afecto en el careo con el ejército. Un ejército que, entre otras cosas, no ha intervenido para bloquear a los esbirros pro Mubarak azuzados por el gobierno y se ha convertido en cómplice de la violencia contra los manifestantes desarmados.

Se podría decir, sin querer restar importancia a la sublevación popular y a sus caídos, que en estos días los egipcios, o al menos una parte suficientemente representativa de ellos, se han limitado a expresarse a través de una especie de ejercicio electoral indirecto. Dado que, desde hace años, las urnas daban a Mubarak como presidente incluso antes del voto, se han confiado a la plaza y han gritado NO al dictador: han votado. A muchos les parecerá poco, y en efecto, eso per se, no traerá grandes cambios. Pero en cualquier caso con esta acción social colectiva, una generación ha perdido la virginidad política y se ha familiarizado por primera vez con la acción directa.

El listado de las debilidades de la Primavera Egipcia es, pues, muy largo y a corto plazo no deja muchas esperanzas. El movimiento es bastante confuso en las reivindicaciones: atribuye las razones de la miseria al mal gobierno y a la corrupción, factores ciertamente importantes pero superestructurales y consustanciales a una economía dependiente y marcada por el dominio de oligarquías parasitarias.

La petición que viene de la plaza es de democracia y de derechos humanos, de honestidad y de buen gobierno. De elecciones, en fin. Poco importa si a la luz del sol las injerencias extranjeras se afanan en tratar de gestionar una transición más ventajosa para ellas proponiendo sus propios candidatos.

Más allá de Mubarak
El movimiento egipcio ahora sólo ve y quiere el fin de Mubarak, y sueña con poder salir de la periferia con la democracia formal del Occidente capitalista. Desde El-Baradei hasta los viejos partidos de nueva oposición el coro es unánime: ¡Dimisiones! ¿Y después? Por el momento sólo esto preocupa a los manifestantes. Los líderes de la oposición, desde los liberales hasta los Hermanos Musulmanes, se encargarán de desactivar en el futuro cualquier reivindicación que pase del plano formal a aquel material de las relaciones económicas y del conflicto social. That’s it.

 

 

Desde el punto de vista organizativo la falta de una estrategia del movimiento no abarca solo a los contenidos sino también a la coordinación de las protestas en los grandes centros urbanos: El Cairo, Alejandría y Suez. Los manifestantes con su levantamiento espontáneo no se reconocen/organizan ni en el plano de clase, como era imaginable, ni en el plano nacional; cada ciudad parece moverse de forma autónoma sin conexión con las demás.

La sociedad egipcia, por lo demás, no es la tunecina o la palestina; el tejido asociativo, es prácticamente inexistente y el Islam, vivido de forma totalizadora, es todavía un enorme obstáculo a la creación de una crítica social.

La clase media (en peligro de extinción) y los estudiantes informatizados protagonizan la revuelta: faltan los obreros y el movimiento campesino. De la construcción de un bloque social que comprenda a los trabajadores en masa dependerá probablemente la continuidad de las manifestaciones en los próximos días. El movimiento, aunque Mubarak finalmente desista y abandone el poder, deberá probablemente aceptar y aplaudir un nuevo gobierno fantoche. Pero quizás, precisamente la desilusión de haber obtenido y conocido la democracia con un El Baradei cualquiera, acelerará el proceso de toma de conciencia de las masas egipcias y les llevará, una vez perdida la virginidad política, a perder también la ingenuidad…

Israel mientras tanto, al tiempo que infiltra agentes del Mossad para prevenir infiltraciones del islamismo radical en el futuro gobierno, se prepara para ocupar de nuevo el pasillo “Philadelphia”, territorio fronterizo entre la franja de Gaza y el sector septentrional de la península del Sinaí.

06/02/11