Noticias, Otras noticias de Latinoamérica — 17/06/2015 a 4:18 pm

Guatemala: Mujer, violencia y silencio

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Por Patricia Simón, para Periodismo Humano. Fotografías de Javier Bauluz


1.”El primer trabajo con ellas es que no piensen que es normal que abusen de ellas

Máxima García, víctima de las violaciones múltiples durante la guerra civil guatemalteca (Javier Bauluz / Piraván)

Máxima García, víctima de las violaciones múltiples durante la guerra civil guatemalteca (Javier Bauluz / Piraván)

Guatemala. Un país con unos 13 millones de habitantes, con índices de desnutrición infantil desconocidos en América Latina, con un Estado fallido que se ha confesado incapaz de controlar el norte del país donde los cárteles del narcotráfico hacen, y asesinan, a su antojo. Un territorio donde la violencia callejera estableció desde hace ya una década que una vida no valía nada y el machismo que la violencia de género puede, además de asesinar – casi 600 mujeres sólo el año pasado-, alcanzar unas cotas de brutalidad y ensañamiento aterradoras. Todos estos datos dibujan la imagen internacional de uno de los países con menor influencia política y, por tanto, atención del continente latinoamericano. Una falta de interés que no es nueva y que se mantuvo durante los treinta años que una guerra civil masacró a su población, especialmente a la de origen maya. Un conflicto en el que las cifras, que son personas con nombres, apellidos, padres, madres e hijos y sueños, como tenemos que recordar a veces para no perdernos en la inmesidad, desbordaron proporcionalmente las dictaduras de Chile, Argentina o Uruguay: más de 200.000 personas fueron torturadas, asesinadas y desaparecias en más de 600 matanzas, más de 440 comunidades mayas exterminadasy más de medio millón de desplazados para salvar sus vidas.

“La percepción de las fuerzas armadas en torno a los mayas como aliados naturales de la guerrilla contribuyó a incrementar y a agravar las violaciones a sus derechos humanos, demostrando un marcado componente racista de extrema crueldad que permitió el exterminio en masa de las comunidades mayas indefensas -incluidos niños, mujeres y ancianos- a través de métodos cuya crueldad escandaliza la conciencia moral del mundo civilizado” Informe de la Comisión del Esclarecimiento Histórico de la ONU.

La violencia contra la población civil fue sistemática, contínua y especialmente dirigida contra la población maya con el objetivo de exterminarla, según todas las investigaciones independientes. Por ello, en estos momentos ocho altos cargos, incluído el general y presidente de Guatemala entre 1982 y 1983, Efraín Ríos Montt, se enfrentan a cargos de genocidio, tortura y terrorismo en la Audiencia Nacional en un juicio superviviente de la Jurisdicción Universal aplicable en España antes de la reforma de 2010, a partir de la cual sólo se puede abrir una investigación en aquellos casos en los que esté implicado un español. Un proceso judicial (*) que comenzó su andadura en 1999 cuando la premio Nobel de la Paz Rigoberta Menchú junto a organizaciones de derechos humanos españolas y guatemaltecas presentaron una querella. Tras doce años y varias décadas de que los crímenes fueran cometidos, las organizaciones Women´s Link Worldwide y The Center for Justice & Accountability han pedido a la Audiencia Nacional que investigue también los crímenes cometidos específicamente contra las mujeres, unos delitos que hasta hoy han permanecido en el silencio y la impunidad. Como recogen las organizaciones demandantes en su informe, la Relatora Especial sobre la Violencia contra la mujer, Radhika Coomaraswamy, fue muy clara en su informe ante la Comisión de DDHH de la ONU de 2001. “El hecho de que no se investigue, enjuicie y castigue a los culpables de las violaciones y la violencia sexual, ha contribuido a crear un clima de impunidad que actualmente perpetúa la violencia contra la mujer”.

Las violaciones, las mutilaciones, la explotación sexual, las esterilizaciones a fuerza de violarlas y desgarrarlas, de provocarles abortos forzados, de feticidios -rajarles el vientre y sacar los fetos-, fueron torturas cometidas sistemáticamente por el Ejército y por los paramilitares contra estas mujeres. Mientras se lo hacían, como podrán ver en el Especial, les decían, por ser indígenas, “no son gente, son animales”. Muchas de estas mujeres nunca contaron estos crímenes y las que lo hicieron, o se supo en su comunidad, fueron rechazadas, despreciadas, expulsadas.

Estos días, como parte de esta petición de que se investigue la violencia de género durante el conflicto, Patricia Sellers, abogada experta en derecho penal internacional y asesora en asuntos de género para varios Tribunales Penales Internacionales, y María Eugenia Solís, abogada y experta en violencia de género contra la población maya durante el conflicto armado guatemalteco, prestarán testimonio de por qué es fundamental incluir estos delitos en la causa.

En conversación telefónica, María Eugenia Solís, además de experta en este asunto, jueza ad hoc en la Corte Interamericana de Derechos Humanos hasta 2010, nos explica cómo en un país donde se cometieron miles de delitos sexuales contra las mujeres, apenas sean, no ya juzgados, sino conocidos entre la población. “La Comisión de la verdad que hizo la ONU, con muchos recursos, no contemplaba un protocolo para esta violencia. Sencillamente no se plantearon que existiese así que no preguntaron. Lo que está documentado en esa investigación fue porque las mujeres lo mencionaban colateralmente: ‘pues mira que a mi hermana la colgaron de un palo para aterrorizar a toda la comunidad, pues mira que nos violaron y…’. Pero las mujeres acudieron a hablar de los otros: de cómo habían desaparecido a sus maridos, a sus padres.. No de ellas”.

El silencio. Una de las mujeres entrevistadas en el Especial “Mujer, violencia y silencio”, que fue violada por decenas de soldados, uno tras otro, por lo que después perdió a su bebé que nació con el cuello dislocado, nos contaba cómo no se lo había contado a su marido hasta veinte años después. Y porque participó en un taller de empoderamiento en el que se le fue preparando para aceptar lo que había vivido. Solís explica la razón de esta conducta: Está naturalizada la violencia contra las mujeres. Antes, durante y después del conflicto. Las mujeres han vivido en unos niveles de desigualdad descomunales con respecto al resto de la sociedad. No se reconocen como sujetos. El primer trabajo con ellas es conseguir que piensen que son seres humanos, que no es normal que abusen de ellas. Aunque lo hayan hecho desde pequeñas porque había mucho incesto. Y hay que tener en cuenta las reacciones después de que fueran violadas por los combatientes, que fueron muy diversas pero nunca de solidaridad: eran consideradas traidoras, sucias, como sus hijos si se habían quedado embarazadas de sus agresores… Se supone que ellas deberían haber hecho todo lo posible por morirse antes de ser violada. Por todo ello se sienten culpables. Pero además es que sus violadores siguen siendo sus vecinos. Están rodeadas de puro enemigo. Hay mujeres que a la vuelta de la presentación de un informe que recogía su testimonio, volvieron a ser violadas por los mismos”.

Máxima García (Javier Bauluz)

Máxima García (Javier Bauluz)

El 88% por ciento de las mujeres violadas y torturadas fueron indígenas, una cultura en la que son las mujeres las transmisoras de la cultura, de la lengua, de la forma de curar… Es decir, de su ser maya. Tal y como explican en su planteamiento las demandantes de que la violencia sexual sea incorporada a este proceso, estaban aniquilando no sólo a sujetos sino a las encargadas de perpetuar la vida y la cultura, como parte del plan de genocidio. Muchas de ellas nunca pudieron aguantar que ningún hombre se volviera a acercar a ellas. Las destrozaron físicamente, pero también como personas. “Las sacaban de sus casas y las llevaban a lugares sagrados y allí las violaban, les hacían pasear desnudas. A otras se las llevaban a los destacamentos como esclavas sexuales y para que limpiaran, cocinaran…”.

El primer trabajo con ellas es que se consideren sujetos, que no es normal que abusen de ellas.

La justicia supranacional, a través de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, ya condenó uno de los casos más flagrantes -si cupiese grados en este contexto de barbarie-. Se trató de la masacre cometida por los kaibiles, el cuerpo más sanguinario del Ejército guatemalteco, entrenado por Estados Unidos- en la aldea del norte del país Dos Erres, en la región del Petén. Allí, 16 militares, como prueba de graduación, rajaron los vientres de las mujeres y sacaron a los fetos con sus propias manos. Así, “y a puro golpe”, como explica Solís, asesinaron a 252 personas, la mayoría mujeres, ancianos y niños. Pero no fue hasta abril de este año cuando uno de los supuestos responsables de esta masacre, Jorge Sosa Orantes ha sido reclamado por la Justicia. El juez Santiago Pedraz, instructor del caso, pidió a Canadá su extradición para ser juzgado por genocidio.

Pero la Corte Interamericana sólo puede condenar al Estado y hacer recomendaciones. Por eso, cuando se le pregunta a Solís por cómo valora la reforma de la Jurisdicción Universal en España es tajante: “Es lamentable porque para los hechos del presente tenemos a la Corte Penal Internacional. Pero para el pasado la única esperanza que nos queda son los Estados como España que tienen la posibilidad de hacer justicia y que están obligados, además, por ser firmantes de los tratados internacionales. Espero que el pueblo español que ha sido tan solidario con la causa guatemalteca siga el proceso con atención y se sienta orgullloso de lo que su Estado es capaz de hacer”.

 2. ”Ni sentí cuando nació mi bebé. Muerta estoy

“Yo no aguanto mi dolor. Ojalá haya juicio para Ríos Montt. Ojalá sigamos adelante, si hay apoyo o no hay apoyo. Queremos luchar para seguir tras él hasta donde esté escondido”.

Mientras pronuncia estas palabras, unas gruesas lágrimas descienden por su rostro. Sólo cuando una se pierde por el cuello o cae al suelo, la siguiente desborda el párpado inferior y repite el recorrido. La mujer que nos habla no ha llorado mucho en su vida. Porque su dolor es tan desgarrador que no tiene consuelo, porque guardó la inmundicia que sufrió en su propio cuerpo durante veinte años, porque no contó hasta hace sólo unos cuantos a su marido porqué su bebé nació con el cuello dislocado y la cabeza deformada. Porque que ella y su pueblo hubieran sido masacrados con métodos ante los que la peor crueldad empleada con los animales en cualquier lugar del mundo resulta compasiva… Todo eso no le importó a nadie hasta hace poco. Estaba enterrado en silencio e impunidad.

Así que el llanto irreprimible de los primeros días se fue convirtiendo en un sedimento pesado en el bajo vientre, en el mismo sitio donde recibió las patadas y que volvió a llenarse con otros hijos, para los que había que conseguir qué dar de comer en las siguientes horas… Y así, trabajando para sobrevivir hasta el día siguiente, consiguiendo dinero para comprar harina del maiz que se encarece cada mes, porque ya hace mucho que cada vez hay menos para alimentar al continente y más destinado a los biocombustibles, fueron pasando los años.

Pero ahora Máxima García habla de un juicio a uno de los personajes políticos más poderosos, sino el más, de la última mitad de siglo en Guatemala. Y habla de un juicio que se fragua en la lejana España gracias al coraje de su compatriota Rigoberta Menchú y de varias ONG guatemaltecas y españolas, que en 1999 interpusieron una demanda por genocidio, tortura y terrorismo de Estado ante la Audiencia Nacional contra Efraín Ríos Montt: ex general del Ejército, pastor de la Iglesia de la Palabra, ex dictador durante el periodo más sanguinario de la guerra civil guatemalteca (1982-1983), presidente del Congreso en varias legislaturas de la década de los noventa y hoy, a sus 95 años, parlamentario con el apoyo de más de un cuarto de millón de votos que le aseguran su seguro de vida: la inmunidad que permite que el genocidio guatemalteco, en el que murieron más de 200.000 personas, la gran mayoría de origen maya, siga en la impunidad.

Pero para que nosotros lleguemos a encontrarnos con Máxima García tras varias horas de caminata por las montañas de Rabinal, en Baja Verapaz, una de las zonas más castigadas durante la guerra; para que ella contara cómo después de descubrir que su madre había sido violada y asesinada por los soldados cuando estaba embarazada de ocho meses, y la encontraran colgada de una viga de la casa incenciada para sembrar el terror entre sus vecinos, también ella fue violada por decenas de soldados; para que ella aprendiera español y asistiera a un taller en el que una psicóloga la acompañó en el recorrido de reconocer sus heridas; y para que ella supiera que Ríos Montt era el autor intelectual de ese dolor real, palpable, omnipresente… Para todo ello hizo falta todo lo que relataba en su poema “Para que yo me llame Ángel Gonzálezel susodicho (“aferrándose al último suspiro de los muertos, / yo no soy más que el resultado, el fruto, / lo que queda, podrido, entre los restos“), y que un grupo de personas valientes dedicara su vida a trabajar por la justicia y la dignidad de las vidas de estas personas, cuando estas dos palabras eran interpretadas como sinónimos de comunismo y Teología de la Liberación y eso, suponía correr la misma suerte que los mayas, es decir, la muerte. Pero no la muerte a secas: la muerte tras la violación, las mutilaciones, la tortura y todas las degeneraciones que fueran capaces de cometer en cada masacre -más de seiscientas-, en cada comunidad maya exterminada -unas 440-.

Ojalá haya juicio para Ríos Montt

Uno de los asesores más ceranos de Ríos Montt, Francisco Bianchi -después presidente de la Alianza Evangélica-, declaraba a un reportero estadounidense la justificación de lo que después se descubrió fue un genocidio: ”Los guerrilleros han logrado ganarse a muchos colaboradores indígenas. Por lo tanto, los indios son guerrilleros, ¿no? ¿Y cómo hace para luchar en contra de la subversión? Evidentemente, tiene que matar a los indios porque son colaboradores de los guerrilleros. Luego dirán que está matando a gente inocente, pero ellos no son inocentes, se vendieron a la subversión” . Para cumplir con este propósito, el general Ríos Montt que, tras un retiro como pastor de la corriente evangelista importada desde Estados Unidos “Iglesia de la palabra”, instauró en 1981 una dictadura basada en la premisa de que un buen cristiano es aquel que se desenvuelve con la Biblia y la metralleta. Y el presidente estadounidense Ronald Reagan, además de levantar la suspensión de la ayuda militar a Guatemala que había decretado en 1977 Jimmy Carter, apoyó su peculiar régimen teocrático con una visita oficial al país en la que declaró: “El presidente Ríos Montt es un hombre de gran integridad personal y compromiso (…) Sé que quiere mejorar la calidad de vida de todos los guatemaltecos y fomentar la justicia social”.

Sin embargo, el rol protagonista de Estados Unidos en la instauración de la barbarie en Guatemala había comenzado más de veinte años antes, en concreto, en 1954 cuando la administración de Eisenhower planeó el golpe de Estado que sentaría a su caudillo aliado, Carlos Castillo Armada, y a partir del cual se desataría una guerra civil con grupos insurgentes izquierdistas que duraría 36 años.

Pero tan despiadados fueron los dos años de dictadura de Ríos Montt, en los que un millón y medio de campesinos maya tuvieron que abandonar sus hogares, muchos de los cuales fueron encerrados en campos de concentración de “re-educación” y obligados a realizar trabajos forzosos en las plantaciones de los terratenientes, que la Iglesia católica que había apoyado como en el resto del continente latinoamericano, las dictaduras y los Estados Unidos, se retiraron del primer plano en su apoyo al general.

El sombrero de Ríos Montt en el Museo comunitario de Rabinal. Se lo arrebataron en una visita de campaña electoral tras los acuerdos de Paz de 1996. La ciudad lo muestra con orgullo en un museo en el que cientos de fotos recuerdan a los asesinados y desaparecidos durante su dictadura

El sombrero de Ríos Montt en el Museo comunitario de Rabinal. Se lo arrebataron en una visita de campaña electoral tras los acuerdos de Paz de 1996. La ciudad lo muestra con orgullo en un museo en el que cientos de fotos recuerdan a los asesinados y desaparecidos durante su dictadura

Estoy haciendo mi lucha

La radio reporta los últimos asesinados por las pandillas de jóvenes, las llamadas maras, que tienen al Estado en jaque desde hace años: asaltos a autobuses, robos en la calle que terminan en una balacera… pobreza, exclusión, violencia. La carretera va estrechándose y teniendo cada vez más socavones según nos alejamos de la capital con dirección al norte, a Baja Verapaz, una de las regiones más vapuleadas por el conflicto que acabó en 1996, más empobrecidas y aisladas del país, e ignoradas por el Estado. La recomendación para el viaje, la misma que para todo Centroamérica: no hacer paradas en la carretera salvo en centros comerciales y en lugares con seguridad privada.

En Rabinal sólo hay un hostal y nosotros somos los únicos huéspedes la mayoría de los días. Siguiente recomendación, casi súplica: no salir a la calle después de atardecer. Las maras secuestraron la paz de esta población justo cuando los acuerdos de paz de finales de los noventa podrían haber dado una oportunidad al no estar siempre en alerta, al no temer por la vida de todos los que uno ama. Rabinal, junto a todas las pequeñas comunidades esparcidas por las montañas que la rodean, suma un total de unos 40.000 habitantes. Pero para un visitante que no se adentre más allá de la plaza céntrica que antecede a la Iglesia, parecería un pequeño pueblo de casas bajas y gente amable. Por el día. Cuando anochece, no son raras las noticias de enfrentamientos entre bandas rivales, asaltos y muerte.

Pero durante el día, como siempre, la vida transcurre aparentemente fecunda y llevadera, especialmente en el Centro de Integración Familiar, la ONG que siembra futuro en Rabinal -y que tendrá su propio capítulo en este Especial-: formando a las mujeres, el motor económico de la sociedad guatemalteca; ‘empoderando’ a los chavales en riesgos de exclusión, que es el tecnicismo que, al menos en esta institución, no significa sólo reforzar la autoestima y dotarles con las capacidades que les permitan sobrevivir (alfabetización, un oficio, valores…), sino bañarlos en afecto, confianza y, de nuevo, tranquilidad; reintegrando a los mareros que consiguen abandonar las pandillas…

En Rabinal, como en la mayor parte de Guatemala, la pobreza estructural favorecida por un Estado débil, al servicio de las élites y desorientado ante las órdenes contradictorios e imposibles de cumplir de las instituciones financieras internacionales, se ha materializado en altas tasas de desempleo y alcoholismo entre la población masculina, y el país con mayor número de asesinatos de mujeres, sólo después de Rusia.

La violencia asedia a la mujer, sólo por ser mujer, y favorecido por ser pobre e indígena, desde su nacimiento: aunque ha descendido en los últimos años y no hay cifras de fuentes fiables, el incesto y el abuso sexual sigue afectando a muchos menores, el 80% de ellos niñas. La violencia machista ha causado la muerte de unas 5.500 mujeres en la última década -y eso sólo según el registro de la Policía-, el 80% con armas de fuego, y sólo en 2010 se interpusieron más de 46.000 denuncias por violencia de género. El 98% de los casos queda en la impunidad. Un machismo lacerante que se muestra sin tapujos por ejemplo en la tradición de dejar en herencia lo poco que se tenga a los hijos varones, o en el porcentaje mucho menor de niñas escolarizadas que niños. Y la violencia sexual que sufrieron, como Máxima García, miles de mujeres durante la guerra civil y que ahora ONG internacionales piden que la Justicia española investigue como parte del juicio contra Ríos Montt y otros responsables del genocidio guatemalteco, como contamos en el primer capítulo de este especial.

Niñas estudiando en el Centro de Integración Familiar de Rabinal (Javier Bauluz)

Niñas estudiando en el Centro de Integración Familiar de Rabinal (Javier Bauluz)

Pero, como dice Máxima, “estoy haciendo mi lucha”. Las mujeres de Guatemala arañan las oportunidades que crean cada día de la nada para sobrevivir al ninguneo, a la discriminación, a la pobreza, a la violencia, a la invisiblidad a las que les ha condenado la caprichosa atención internacional que nunca se enfocó en su territorio. Máxima pide una Justicia transatlántica que ha conocido gracias a mujeres como Manuela Tum quien, primero en moto, después a pie por las montañas y por las calles de Rabinal, y finalmente con su palabra en la lengua maya achí, y con la confianza y afecto que ha ido tejiendo durante las dos últimas décadas entre sus habitantes, nos fue abriendo las puertas de estas supervivientes que vamos a ir conociendo en “Mujer, violencia y silencio”.

3. “Abusan de las niñas. Mi mamá me ha dicho que si mi padrastro me intenta hacer algo que la avise”

4.”Cuando él entraba yo ya sabía que me iba a pegar”

Cada día, una media de dos mujeres son asesinadas en Guatemala, el país con más feminicidios del mundo después de Rusia. Sólo en 2010, más de 800 mujeres perdieron la vida, muchas de ellas tras ser torturadas, sus cuerpos mutilados y desmembrados…  Unas cifras apenas aproximativas pues muchas de las desaparecidas nunca son halladas. A las matadas por hombres que tuvieron alguna relación emocional con la víctima, hay que añadir los cometidos por el crimen organizado, las mafias de narcotráfico y las pandillas como forma de sembrar el terror y controlar a la población.

En el mismo año, más de 4000 mujeres denunciaron haber sido víctimas de una violación. La violencia sexual amenaza a las mujeres desde su nacimiento sólo por el hecho de ser mujeres. Pueden ser acosadas, abusadas, violadas, humilladas y agredidas por sus padres, hermanos, padrastros y otros familiares, por un vecino o un jefe… Pero socialmente siguen siendo las sospechosas, siguen cargando con el estigma social y la vergüenza cuando denuncian una violación, por lo que muchas simplemente esperan que los agresores se cansen de pegarles, se olviden de ellas y no las maten como les ha ocurrido a vecinas y conocidas de su entorno, como cuenta en este capítulo Virginia Tum.

Manuela Tum es su hermana, también guatemalteca e indígena. Madre soltera y trabajadora del Centro de Integración Familiar de Rabinal, un pueblo situado en el municipio de Baja Verapaz,  y una de las zonas más castigadas durante la Guerra Civil que asoló este país durante 36 años. A través del trabajo de Manuela de apoyo a las comunidades, especialmente a las mujeres que son el pilar económico de las comunidades, conocemos el constante estado de amenaza que vive un alto porcentaje de las mujeres en Guatemala: las violaciones masivas y organizadas que sufrieron durante el conflicto, la violencia machista, los abusos a las menores y la discriminación por género, etnia y pobreza.

Bruna Pérez, superviviente de la matanza de Río Negro, Guatemala (Javier Bauluz)

Bruna Pérez, superviviente de la matanza de Río Negro, Guatemala (Javier Bauluz)



 

(*) El dictador Ríos Montt fue condenado a 80 años de prisión el 10 de mayo de 2013, por el asesinato de 1.771 indígenas ixiles durante su régimen de facto, pero 10 días después la Corte de Constitucionalidad de Guatemala anuló la sentencia por ‘defectos de forma’ en el proceso y ordenó un nuevo juicio.

Inicialmente, el nuevo juicio se había programado para el 5 de enero pasado, pero los abogados de Ríos Montt recusaron a la jueza Irma Jeaneth Valdéz y la Corte Suprema tuvo que designar a una nueva para el proceso judicial. El Tribunal B de Mayor Riesgo fijó la fecha de inicio del proceso para el 23 de julio próximo, decisión que ha sido recurrida por su defensa.

Amplíe aquí su información sobre el juicio al genocida y sobre sus crímenes.