(libros) La Bonaerense; La secta del gatillo. Historia criminal de la policía de Buenos Aires


Con efectivos mal reclutados y peor instruídos, La Bonaerense convirtió sus taras en parte de su sistema de sobrevivencia: la estructura policial maneja o tolera todos los negocios sucios y se benefician de ellos; capitalistas y comerciantes trabajan desde hace décadas en sociedad forzada con las comisarías, pagando un canon para seguir existiendo.
Todos los poderes de la sociedad conocen desde siempre esta situación y la consienten, pues la crónica corruptela del poder político siempre supo sacar provecho. Fondos para bolsillos particulares y campañas electorales, complicidad en los propios negocios turbios, mano de obra disponible, son razones de peso.
El lugar de subordinación que ocupa la Policía dentro de los poderes del Estado torna imposible creer en su autonomía delictiva; punteros barriales, concejales, diputados, gobernadores, son sus mandantes o protectores.
Detrás de cada gran policía corrupto hay siempre un gran político...
(Entrevista con el autor tomada de Diario Publicable)

La Bonaerense (1997) y La secta del gatillo (2002) constituyen una minuciosa descripción de las actividades de la Policía provincial. Para el autor, La Bonaerense tiene cifrada su sobrevivencia en “una compleja trama de arreglos, pactos y extorsiones aplicadas sobre casi todas las actividades contempladas por el Código Penal. El mérito del finado comisario Pedro Klodczyk fue haber dotado a la institución de un sesgo empresarial. Y no menor fue su legado corporativo: el sistema de los delfines. El poder de los caciques no se diluye con su pase a retiro, sino que se perpetúa a través de un código rayano con la heráldica, donde resalta un enmarañado mapa de entenados, hombres de confianza y sucesores”.

Estas páginas recorren la áspera y, por momentos, trepidante historia secreta de un cúmulo de conspiraciones y desbordes, junto a su correlato temporal, en el que la estrepitosa involución del país obligó a los hombres de azul a asimilarse permanentemente al nuevo signo de los tiempos. Ricardo Ragendorfer concluye que la extravagante relación con los otros poderes del Estado que mantiene La Bonaerense consiste en “sujetar una variada gama de actividades ilícitas bajo las riendas de la recaudación policial, lo que no deja de ser un modo eficaz de ejercer control sobre la inseguridad urbana. Y de poder regularla. Los uniformados saben que ante el resto del mundo poseen ese unívoco poder.”

En el tenso recorrido por estos dos libros nadie desconoce la importancia que tiene el tema, tanto en una campaña electoral como en una gestión de gobierno. Y en tiempos de disolución y ajuste, La Bonaerense ha dejado de ser sólo un resorte para gobernar y se ha convertido para todos en un arma estratégica.

“La maldita policía es cómplice del poder político y del judicial”

-¿Cuánto cambió la Policía Bonaerense desde el retorno a la democracia?

-La no democratización de las fuerzas de seguridad es una de las grandes deudas que la democracia tiene con el Estado y con la propia historia. En 1984, fueron pasados a retiro la mayoría de los jefes que tenían cargos durante la dictadura, pero de la misma manera en la que cambian los jefes de las agencias de seguridad y los funcionarios de otras áreas del Estado cuando termina un gobierno democrático y empieza el siguiente. La única diferencia entre el accionar de la policía de la dictadura y la de la democracia fue que los policías que habían participado en delitos de lesa humanidad se tuvieron que amoldar al estado de derecho. La dictadura culminó hace casi 30 años y el período activo de un efectivo policial es de 30 años. Los cuadros de la dictadura se depuraron por una cuestión biológica. Hace cinco años había por lo menos 3 mil efectivos de aquella época.

-¿Por qué las purgas de los gobiernos democráticos no resolvieron el problema?

-Las personas encargadas de dirigir a la policía y de sanearla vienen de aparatos políticos que son financiados por la propia policía. Todas las reformas, en realidad, no son más que maquillajes resueltos desde un punto de vista policial, cuando el abordaje tendría que ser político. Pero resolverlo desde esa faceta implicaría reformar la justicia y el modo en el que se hace política en la provincia de Buenos Aires, y entonces ya no sería la provincia de Buenos Aires sino Atenas en la era de Pericles.

-¿Nadie intervino en estos 30 años de manera destacable?

-El ex ministro de Justicia y Seguridad bonaerense León Arslanián. Él se dio cuenta de que la empresa policial tenía la estructura de una pirámide en la que el dinero iba de abajo hacia arriba. Más que hacer una reforma con reglas cuasi filosóficas, decidió cortar la ruta del dinero, destruir esa única estructura, dividirla en ocho departamentales inconexas entre sí y quitarle la figura del jefe. Lo que Arslanián quizás no calculó es que la Bonaerense es como el agua: toma la forma del envase que la contiene. Lo que hasta ese entonces era una empresa perfectamente aceitada, devino en una cantidad indeterminada de hordas policiales autónomas que se disputaban entre sí el gerenciamiento del delito. Con la llegada de Daniel Scioli vinieron Carlos Stornelli y después Ricardo Casal, que restauraron a la Bonaerense los atributos que había tenido en sus peores épocas.

-¿Cómo funciona el entramado institucional que sostiene a la Maldita Policía?

-Existe una policía así porque cuenta con la complicidad del poder político y del poder judicial, que además se llevan parte de los beneficios. Concretamente, el dinero que recauda la policía no sólo va a parar a los bolsillos de los comisarios sino que también financia aparatos políticos, intendentes, punteros y hasta a algunos gobernadores. La Bonaerense es el caso más representativo de este asunto puesto que es la fuerza policial con más efectivos en el país y que además actúa sobre uno de sus territorios más complejos. De todos modos, se trata de prácticas habituales tanto en las fuerzas federales como en las provinciales. Por ejemplo, en lo relativo al narcotráfico, la policía de Santa Fe le saca varios cuerpos a la Bonaerense.

-¿Siempre fue así?

-Desde la noche de los tiempos, la policía recauda con contravenciones: prostitución, juego, boliches. Es más, a ese tipo de coimas en la jerga interna de la Bonaerense le dicen la histórica. Durante la dictadura militar, cuando esa fuerza actuaba subsidiariamente al ejército, comenzó a incorporar en su espinel de actividades delitos como secuestros extorsivos, tráfico de drogas o piratería del asfalto. En los 90, la época de la Maldita Policía, todas esas actividades empezaron a tener un sesgo empresarial, una lógica administrativa. En aquel entonces, cada comisaría (eran entre 300 y 400) tenía que recaudar una suma aproximada de 30 mil dólares: 15 mil se repartían allí mismo y los otros 15 subían a las regionales. De esa suma, la mitad se repartía entre sus jefes y operadores, y la otra mitad subía a la jefatura, donde se quedaban con la mitad. El resto se desviaba hacia el poder político o hacia el poder judicial. Eso explica la complicidad.

-¿El aparato represivo de la dictadura sigue vivo en la Bonaerense?

-Habría que remitirse a los primeros dos desaparecidos de la democracia: el estudiante Miguel Bru y el albañil Andrés Núñez. Desde los 80 hay una pulseada para criminalizar a los no criminales. El gatillo fácil y la desaparición de personas tienen dos habitualidades. Una es convertir en enemigo al muchacho que toma cerveza con los amigos en la esquina, que desertó de la escuela y que no tiene trabajo. Otra es ejercer una limpieza social que convierte a los policías en escuadrones de la muerte. Hacen trabajar a los jóvenes, los hacen robar y después los matan, porque esos pibes tienen fecha de vencimiento. La ideología política bonaerense es el bolsillo y su ideal son los negocios.