Latinoamérica, Libros, México, Noticias — 12/10/2015 a 6:43 am

Ojarasca 222 Octubre 2015

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EN TODA AMÉRICA UN MISMO DESPOJO

A la memoria de los poetas Víctor de la Cruz y Hugo Gutiérrez Vega

El despojo de las tierras de los pueblos indígenas no es práctica exclusiva de los gobiernos descaradamente neoliberales y corruptos de las falsas democracias del continente, como México o Colombia, impermeables a los escándalos, las denuncias documentadas, las llamadas de atención alrededor del globo. Sin embargo, los defensores sin matices del progresismo sudamericano se niegan a ver que también los gobiernos buenitos incurren en similares prácticas criminales “legalizadas” en contra de los pueblos originarios, o bien las justifican con razonamientos que son, en el fondo, racistas y colonialistas.

En Ecuador se combate a los indios con acusaciones autoritarias y panfletarias de “jugarle a la derecha” porque si no están conmigo están contra mí. En Venezuela se les invisibiliza y criminaliza por decreto revolucionario. En Chile, a garrote, con leyes medievales y avaricia posmoderna se les somete y expulsa. En Brasil, desde que gobierna la izquierda a los indígenas les ha ido peor, según han testimoniado sus representantes. A Nicaragua se le parte físicamente en dos y se regala el país para el canal de los chinos, mientras se avienta contra la pared a los miskito y los sumo, “antirrevolucionarios” otra vez, como si el “sandinismo” de Ortega fuera revolucionario en algo.

El despojo de cualquier color debe ser visto como una práctica inaceptable. Se mantiene desde las bulas papales de siglo XV a los megaproyectos de las trasnacionales, de Alaska y Canadá a Tierra del Fuego. Los Estados nacionales han sido inoperantes, si no hostiles, ante los pueblos indígenas, sin respetarlos más allá del cotorreo publicitario. Estados Unidos, Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay se construyeron sobre sus civilizaciones borradas (o casi) sólo porque Dios quiso.

Cuidado con el doble discurso (el doble rasero) que, a nombre de “altos”, “nacionales” o “revolucionarios” fines, avala que se pisotee a los pueblos y sus derechos. ¿Qué diferencia la cadena de abusos para allanar el aeropuerto peñanietista en Atenco de la campaña bélica de los bolivarianos, los paramilitares y las guerrillas marxistas contra los indígenas de las dos Guajiras, que son una sola en realidad? ¿Es distinta la militarización brutal en la Amazonía peruana y en las montañas de Chiapas y Guatemala, o la descomposición inducida, de largo aliento, en Guerrero, Michoacán o el Cauca?

Tratados, acuerdos, promesas, prestidigitación y guerras ilegales, los gobiernos de América no son tan diferentes como parecen si la colonización racista de los Estados Nación se observa desde la legítima perspectiva de los pueblos originarios. Durante 26 años Ojarasca ha intentado documentarla, acompañando y dando lugar a las voces individuales y colectivas de este México profundo, de esta América nuestra; los ríos profundos que dijera José María Arguedas. En lo doloroso y en lo resplandeciente, los pueblos resisten a las sombras con un pie en el futuro.